Se cierra el telón, y el potente eco de las palmas resuena
en el recién escondido escenario.
Tony, aún sorprendido y confuso por la reciente actuación,
se da palmadas en las piernas y en el pecho, preguntándose si todo es real. Lo
cierto es que no sabe cómo ha llegado ahí, ni cómo ha arrebatado una ovación
tan significante a un público desconocido.
De pronto, un trajeado hombre menudo de piel oscura y
elegante, de cuya cara presumía una barba y melena blanqueadas por el paso de
los años considerablemente grandes y algo desaliñadas le da la bienvenida, como
si sospechase la confusión de su interlocutor:
-Bienvenido, Tony.
-¿Cómo sabe cómo me llamo? –dice un Tony cada vez más
confuso.
-He de decir que, tu personaje, a pesar de haber dejado
escapar grandes oportunidades de mostrar su bondad, me conmovió con su última
frase: “Perdonadme. Os quiero.”
-¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí?
-En el siguiente gran paso del alma. Lo sabes bien.
Recuerda.
Y de pronto todas las imágenes se agolpan en su mente luchando
por ser la primera, en especial las más recientes: el orgulloso día en el que
patenta su sistema electrónico de seguridad para vehículos que evitaría casi
todos los accidentes, las cantidades ingentes de dinero entrante, su primera
moto que incorporaba su invento que no pudo prever el alud de rocas que puso
punto final a su función…
Y su mujer e hija…
-¿Las volveré a ver?-Preguntó abatido, aceptándolo.
-Cuando les toque, hijo... De mientra puedes sentarte y verlas vivir.