Día
22
Veintidós días han pasado ya
desde que acaeció la tormenta que tantos
tormentos vienen provocándonos desde entonces. Llegábamos al destino de nuestra
travesía por el Caribe cuando una repentina borrasca nos atacó. De la misma
manera que apareció se fue, dejándonos en un lugar en el cual siempre atardece
pero nunca anochece (la mar del crepúsculo, la denomino yo) y donde no existe
aparentemente tierra alguna. Solo el eterno atardecer y las olas del mar nos
rodean en este mundo. Mantenemos un rumbo recto con la esperanza de encontrar
tierra, y con algo de suerte, algún puerto. Las provisiones apenas durarán unas
semanas, y la moral de los tripulantes comienza a tocar el fondo marino. Comienzo
a preocuparme también yo. La tripulación rumorea que nuestra travesía por estos
mares se trata de un castigo divino por nuestros pecados. Yo ni siquiera sé que
pensar. Lo que más me interesa ahora es salvar a estas pobres almas del hambre,
pero no sé de qué manera. Mantengo al día este diario por miedo a perecer en esta travesía, y
ahora mismo apostaría mi barco y tripulación a que ese es nuestro futuro. Sólo
espero que estas palabras les lleguen a mi mujer Rosalie y a mi hija Mary, que
sepan que incluso al borde del abismo, mi corazón está solo a su disposición.
Día 30
Desde mi última escritura pocos acontecimientos
son dignos de mencionar. Un marinero al que poco conocía cedió por la presión y
se voló la cabeza en lo alto del
castillo de proa, cayendo su cuerpo sin vida al mar. Al menos, sirvió para comprobar
que la mar está deshabitada de seres vivos, y si lo está, a estos no les
interesa nuestro pellejo.
Día 35
No dejo de pensar en que jamás
volveré a ver a mi amada familia, y esto me impide dormir por las noches. Esta
mañana, al levantarme de mi lecho me he mirado al espejo, y un hombre huesudo, de tez
morena mal afeitado y de rostro triste me devolvía una mirada penetrante que
clamaba socorro. Ni siquiera era capaz de reconocerme. Comienzo a sospechar que
el fin se acerca. He ordenado mantener el mismo rumbo, y los marineros obedecen
cabizbajos a mantener las velas a punto; gracias a Dios, aquí el viento es
constante e incesante, por lo menos hasta ahora.
Día 46
Hemos comenzado a racionalizar la
comida para prolongar nuestra existencia con la fe de encontrar alguna ayuda.
Es preciso gastar la mínima energía posible.
Día 50
Hemos encontrado tierra. Una gran
isla. Tiene aspecto terrorífico, pero es una isla al fin y al cabo. Nos
acercamos con mucha esperanza.
A medida que nos acercamos se nos
hace más difícil ver, puesto que ha aparecido una niebla muy espesa. La
tripulación se ha echado atrás y no obedecen mis órdenes de acercarnos más.
Hemos comenzado a retroceder.
Día 53
Tras varios días de disputa con
la tripulación, hemos decidido desembarcar. Es nuestra última esperanza de
salvamento. Si tenemos suerte encontraremos alguna fuente mineral para
satisfacer nuestra sed, y algún alimento que nos calme el hambre, antes de que
comencemos a practicar el canibalismo. Dios, si de verdad existes tú y tu
misericordia, este es tu momento de demostrarlo.