miércoles, 22 de junio de 2016

Fin.

Se cierra el telón, y el potente eco de las palmas resuena en el recién escondido escenario.

Tony, aún sorprendido y confuso por la reciente actuación, se da palmadas en las piernas y en el pecho, preguntándose si todo es real. Lo cierto es que no sabe cómo ha llegado ahí, ni cómo ha arrebatado una ovación tan significante a un público desconocido.

De pronto, un trajeado hombre menudo de piel oscura y elegante, de cuya cara presumía una barba y melena blanqueadas por el paso de los años considerablemente grandes y algo desaliñadas le da la bienvenida, como si sospechase la confusión de su interlocutor:

-Bienvenido, Tony.

-¿Cómo sabe cómo me llamo? –dice un Tony cada vez más confuso.

-He de decir que, tu personaje, a pesar de haber dejado escapar grandes oportunidades de mostrar su bondad, me conmovió con su última frase: “Perdonadme. Os quiero.”

-¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí?

-En el siguiente gran paso del alma. Lo sabes bien. Recuerda.

Y de pronto todas las imágenes se agolpan en su mente luchando por ser la primera, en especial las más recientes: el orgulloso día en el que patenta su sistema electrónico de seguridad para vehículos que evitaría casi todos los accidentes, las cantidades ingentes de dinero entrante, su primera moto que incorporaba su invento que no pudo prever el alud de rocas que puso punto final a su función…

Y su mujer e hija…

-¿Las volveré a ver?-Preguntó abatido, aceptándolo.

-Cuando les toque, hijo... De mientra puedes sentarte y verlas vivir.

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